¿Qué nos enseña el COVID-19?

Miércoles, 25 Marzo, 2020

Si bien estábamos entrenados en imaginar y fantasear con escenarios distópicos, esto no nos lo esperábamos. Éramos el mundo desarrollado, el Centro, la mayor expresión de la Aldea Global de McLuhan, ¿qué podía pasar?

Todo lo que sucede conviene, o al menos sirve para reflexionar. En un mundo globalizado, el coronavirus nos ha traído también una crisis global, que toca todos los ámbitos tocables y por tocar.

A nosotros, que estábamos subidos a una noria que bebía de un fuel de productividad inagotable, nos está tocando parar, y no nos queda otra que sacar conclusiones. ¿Qué nos está enseñando el coronavirus?

Sobre lo privado y lo público.

Nosotros, que nos habíamos creído eso de que el interés individual conduce al máximo bien común, viendo como esa máxima se cae por su propio peso.

Ahora que a la mano invisible se le ha ido la mano, valga la redundancia, hacia el mercado de las mascarillas y de los bienes alimenticios; ahora que la sanidad pública está desbordada y ningún caso de coronavirus es atendido en los hospitales privados; ahora que el neoliberalismo pide desalmado apoyo estatal…

Ahora que tenemos que pedir responsabilidad individual y pensamiento colectivo, nos acordamos de la importancia de un sistema tributario sólido, justo y eficiente. Es exactamente porque somos individuos –unos más individualizados que otros– desacostumbrados a pensar en el bien común, que necesitamos crear estructuras que ya hagan eso por nosotros.

Sobre las redes de cuidados

A nosotros, que teníamos muy claro el ritmo de nuestra vida, nos ha hecho falta una epidemia para darnos cuenta de que carecemos de los recursos más básicos que sirven para sostener la vida. Con quién dejar a los niños, cuando no puede ser con los abuelos, inunda las preocupaciones mundanas de las personas normales.

Como una luz al final del túnel empiezan a surgir redes solidarias, autogestionadas y de apoyo mutuo. Bancos del tiempo perfectamente coordinados que funcionan fuera de la lógica a la que nos veníamos acostumbrando. Redes en las que las que, quien goza de una mayor salud, la cede al servicio de los más vulnerables. Así, va generándose un pequeño sistema justo de trasvase de salud, enseñándonos cómo debería funcionar a gran escala cualquier ámbito de la sociedad.

Sobre el individualismo

Nosotros, cada vez más adictos al todo desde casa, a Glovo y a Netflix, a Whatsapp y al sábado noche de mantita y sofá, ahora condenados a estos placeres que antes elegíamos.

Sobre las fronteras y la empatía

Nosotros, que habíamos levantado los más sofisticados muros, tanto físicos como mentales. Que no queríamos ver lo que ocurría fuera, que no era cosa nuestra. Nosotros que juzgamos la necesidad y la miseria del otro constantemente. Ahora somos ese otro: el enfermo, el aislado, el desamparado.

Se decreta el estado de alarma y la M-30 se abarrota de gente huyendo, buscando la paz. No son pateras, son vehículos de todo tipo, pero igualmente huyen.

Solo estamos viviendo una pequeña simulación, durante algo más de 15 días, de lo que significa convivir con el miedo y el riesgo. No tenemos ni la mitad de valentía que los que se lanzan con todo al mar y se arriesgan a escalar una concertina, pero quizás empecemos a entender.

Sobre los medios de comunicación

Nosotros, que nos pensábamos superinformados, que teníamos acceso a todo: una prensa para cada matiz ideológico, una prensa que está al último minuto.

Sin embargo, ahora no sabemos de quién fiarnos. ‘El problema del coronavirus es que no se sabe qué es fake y qué no’, dicen. Algo que ya ocurría antes, evidentemente, pero de lo que al parecer no éramos conscientes. No es lo mismo tragarte un bulo sobre el cierre de colegios en tu comunidad que estar oyendo diariamente datos manipulados y escándalos de corrupción tapados. Lo primero fastidia, lo segundo reconforta.

Sobre eso que llamamos “Tercer Mundo”

Nosotros, que hemos tildado de vagos y de ‘inhabilidosos’ a las personas de los países del sur. Que hemos explotado hasta más no poder la frase de ‘enseñarles a pescar’. Si por algo similar a una epidemia de gripe se nos ha derrumbado todo nuestro sistema económico, quizás podamos empezar a entender la situación de los países donde abunda la malaria o el VIH.

Sobre la vida

Nosotros, a quienes el tiempo siempre está pisando los talones. Siempre de aquí para allá, siempre a la última, siempre a toda prisa y a todo motor.

Y de repente, silencio. Parálisis. Ansiedad. ¿Y ahora qué?

Nos ha hecho falta un escenario semi apocalíptico para darnos cuenta de la pirámide de paja en la que estábamos subidos. Ahora toca dejar de lado toda esa parafernalia de cosas que nos habíamos ido colgando encima para separarnos de nosotros mismos. Ahora se pone de manifiesto todo lo que era secundario y la vida ocupa un lugar central.

Ahora que nos quitan el trabajo, nos restringen el acceso a hospitales y nos limitan las relaciones, quizás empecemos a tener en mente el ‘Salud, Dinero y Amor’ también en nuestras decisiones políticas.